Si estuviera en mis manos raptaría a Sinatra y amordazado en el asiento de atrás, me lo llevaría a un viaje sin retorno, por las carreteras desérticas de la ruta 66. En el camino me cruzaría con Humbert y Lolita, en su forajida huida, escapando de los prejuicios y la sinrazón. Quisiera que se amaran en mis pupilas y que no se conviertan en ráfaga. Yo también leería tebeos sentada sobre una pelvis. También enloquecería de celos si acabas follando con desidia.
Si pudiera cocinaría patatas en la cocina, como Eva, mientras un Adán compone canciones de amor.
Fuera, en las calles, siempre sería primavera renaciendo una y otra vez. De vez en cuando un poco de nieve fortuita para que caiga dentro de mi cubata de ginebra y apague hogueras.
Yo sería la última línea de un poema desangrado, leería a Bukowsky en la bañera y sonaría un teléfono de timbre urgente. No lo cojo, no. Pienso en un equipaje a medio hacer y en las próximas historias de cuaderno. Nunca en barbitúricos.
“No fumes en la cama, negro” y luego un beso. Podríamos arder sin la pequeña brasa del cigarrillo que parece el ojo de un demonio. Construiría un laberinto desde el salón hasta el baño, para que se perdieran en él los hombres inteligentes y desnudos que pasean por mis sesos con total impunidad.
Forraría el recuerdo con papel de regalo. Toma, para ti. Estoy harta de esta letanía de tristezas. Y para asesinar corduras, una buena dosis de jueves… esos jueves donde las mujeres le ponen demasiado rimel a las lágrimas y acaban diciendo “te quiero” a las paredes de un lavabo, para luego intentar ligar con la barra de un bar bajo la atenta mirada de un foco tuerto.
Si de mí dependiera robaría el gemido que trepaba por las patas de la cama aquella noche de principios de Noviembre. Era el gemido de una entraña que no quería amarme, sino hacerme libre entre las viejas sábanas.
Y Ella Fitzgerald sentada en un taburete, al final de un garito. Le contaría que en un piano hay un código indescifrable de palabras y secretos y que algunos se desnudan con su voz, sobretodo cuando es un amante quien te mira. Así que cántate algo suave, hay una rosa iluminada, una partida de ajedrez a medias donde van ganando las negras y un billar sucio. Van a interrogarnos, Ella. Pero vas a cantarlo todo, bajo mi delgada mirada y bajo una lámpara anoréxica de tétrica luz.
Si pudiera nunca despertaría un domingo. Me lo saltaría. Porque es vomitivo como una resaca mal curada y porque supura tristeza. O me puedes ayudar tú a sobrellevarlo con tardes de teatro y porros, con llevarme al mar en invierno y hacerme llorar mientras río. Porque la vida solo debería brillar cuando las venas se encabritan. Cuando late el nervio y se espabila la ternura.
Me desperezaría en la cama de un hotel de carretera. Cansada, vieja, a falta de ducha. Patatas fritas y un Malboro, con una radio gangosa y papel estampado en las paredes. Huele a madera y a polvo de alfombra. Hay un reflejo azul en la ventana, deben ser las luces de neón del cartel luminoso. Y todo sería como esa escena de Leaving las Vegas. Querría estar en el lamento de tu sexo, tratando de tragar todo el desconsuelo de tu alcoholismo, porque algo hay que hacer con esa tristeza que te enturbia la mirada y yo te quiero ayudar. Al contrario que Ben, tú hubieras dejado que te la comiera. Faltaría más. Hubieras aparcado la melancolía a las puertas del infierno de mi lengua y luego vete, porque eres un hijo de puta y nuestra vida no se parece a una película.
Si estuviera en mis manos el mundo sería un cuarto oscuro con millones de manos recogiendo lágrimas, sembrando pasiones y alumbrando entonces los primeros rostros. Como si fuera la habitación más acogedora, un vientre materno. Y sonaría un violín. Unos besos sin despedida premeditada. Sin sangre en el parquet, ni huellas del pasado.
Si pudiera nunca más me alimentaría de sueños. No serían sustento de las bestias que habitan mi mente y que están hambrientas de locura, abiertas a cambios, a saltos en el tiempo, a desfigurarme el rostro. No serían pasto de mi, no. Si yo pudiera convertiría todos estos sueños en material palpable, realidad de calle, palabra dicha, oportunidad vivida…
…Feliz Realidad.

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