viernes, diciembre 09, 2005


Me miro en el cristal de enfrente. Se me ha quedado el pelo despeinado de un solo lado, me encuentro horrible, ojerosa, pálida, con expresión aburrida.
El abatimiento subraya mis gestos, como si todo me costara un gran esfuerzo: parpadear, sujetar mi cabeza, cruzar las piernas. Todo es movimiento ahí fuera. Fuera de mi cabeza, quiero decir; porque aquí dentro todo se mueve con una lentitud angustiosa. Es como estar sumergida en un continuo océano. Como si hubiera agua alrededor, un agua que impide una movilidad etérea, y todo me pesa más de la cuenta.
El vagón del tren se mueve cadencioso. Un niño llora. Una mujer le hace carantoñas. Un estudiante repasa unos apuntes. Se cae una chaqueta. “Próxima parada: el fin del mundo”. Y mucha gente se baja y otros muchos entran de nuevo. Yo, en mitad del mar de mi cabeza, pienso que las personas somos como los viajeros del tren, siempre subiendo de uno y bajando de otro, empujándonos, perdiéndonos, cogiendo trenes equivocados, buscando estaciones, diciendo adiós junto al andén, dando bienvenidas, bajas de un tren, subes a otro. Y la vida propiamente dicha, son todos los trenes que cogemos y todos los que abandonamos.
Aparto el agua de la mente, casi veo la luz. Pero el agua es tan traicionera que acaba saliéndose de mi cuerpo y visita a mis lagrimales, los engaña y se derrama sin pedir permiso. ¿Crees que el mundo va a detenerse porque tú llores? Ni pensarlo. Ese mundo desértico calla y sentencia con su silencio de aire. Mira a esos viajeros. Me pregunto si alguno naufraga como lo hago yo, me pregunto si alguno se ahoga en sus propias aguas, si le cuesta salir a flote. Pues claro que sí. Todos somos cuerpos en el mar, y dentro de nosotros, más agua. Agua en los ojos, en la boca, en el sexo, en las memorias. Aguas turbias y aguas limpias. Trenes que son vidas y que nos llevan al océano más negro, al final del viaje más hermoso del mundo. Mientras, me crucé con tu mirada, con tu tren, con tu presencia. Me hubiera bajado en esta estación, pero para siempre, te lo juro. Ni más agua, ni más viajes. Tú, mi estación, y todas las que vienen. Tú, mi único mar y el resto del mundo, un desierto que nos mira.
Pero no. Suena el aviso. Hay que proseguir el viaje, hay que coger otro tren, hay que salvarse de morir ahogada.

1 Comments:

Anonymous jartos said...

Bonito viaje, pero a la realidad de la vida, a la manera de subsistir en esta nuestra existencia. Ya me gustaría saber el color, la forma, el tamaño de tus neuronas, deben ser una cosa única. Me maravillo por tu descripción de las cosas, por tu desarrollo de las cosas. Una cosa eres, ¡chiquilla!.


Un beso muy fuerte, pero que muy fuerte.

9:13 AM  

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