Ella tenía la mirada perdida. Se sentía una naufraga a la deriva en aquella cama. Miraba al techo de la habitación 501 del Hotel Paris. Estaba algo amarillo. La manta era pesada y vieja. El parquet del suelo demasiado oscuro.
Llevaba puesta una camiseta interior de nylon con estampado oriental. Bragas a juego. Y el pelo revuelto. Quería desmaquillarse, deshacerse del rimel que pesaba en sus pestañas. Tenía la boca seca. Pero no quería levantarse. Solo quería sentir su cuerpo quieto, muy quieto sobre aquel colchón desgastado.
Él ya se había desnudado. Había dejado la puerta del cuatro de baño abierta y la luz de dentro encendida.
“Apaga la luz de la habitación” le dijo ella. Y él obedeció. Sonó el clic del interruptor y cayó la oscuridad sobre la estancia. “Así, en tinieblas” susurró ella cuando lo tuvo entre sus brazos. Le gustaba ver las cosas en la penumbra, los cuerpos levemente iluminados por la luz que entraba de la calle, buscarse a tientas, adivinarse.
Él no tardó en desnudarla. Ella mientras tarareaba una canción francesa. Y miraba el techo que se había vuelto negro como la noche. A veces devolvía la mirada a la cama y veía los brazos de él tirando de sus bragas, deslizándolas entre sus muslos.
Durante una milésima de segundo, se preguntó qué demonios hacía en aquella habitación desnudándose con un hombre del que apenas sabía nada. Tiempo atrás no hubiera hecho una cosa así, porque tiempo atrás su mente no estaba tan abierta ni su cuerpo tan dispuesto. Pero últimamente no cerraba las puertas a la vida y todo entraba en ella fluidamente. Sin demasiadas preguntas. Sin rastro de prejuicios.
Observó sus pechos desnudos. Él los saboreaba con una pasión desbordante. Mordió, succionó su piel y un latigazo de placer atravesó todo su cuerpo. A partir de ese momento ya no había lugar para la razón o la conciencia. Los pensamientos se marchitaban en su mente poco a poco, se apagaron las luces del asombro y todo surgió de manera natural. Sus piernas abiertas, el peso de su cuerpo, las bocas entreabiertas. Todo era tan diferente… todo era tan espontáneo e instintivo que sus manos se movían solas, los gemidos salían volando de su garganta, el abrazo se hacía grande y generoso como su pudiera caber el mundo en él… Cuando le penetró, cerró los ojos y se dejó mover. Era hermoso, al fin y al cabo era hermoso sentirlo, escuchar su respiración estrellándose contra su cuello, acoplarse a un cuerpo que empezaba a sudar y que embestía con una cadencia suave. Ni siquiera sabía sus apellidos, ni su edad. Pero le bastaba conocer su piel, aquella forma que tenía de mirarla a los ojos cuando no podía contener el deseo. Le eran suficientes sus erecciones en la parte de atrás de un coche, los caminos y los recorridos de su lengua, el calor de su aliento.
Ella solo se sentía un cuerpo… un cuerpo cuyas entrañas se retorcían de placer y tanto era, tanto, que se olvidaba de pensar, se olvidaba del mundo, de su propio nombre, del pasado y de la mañana siguiente.
Vislumbró el contorno de su torso incorporándose, cogiéndola por las caderas, poniéndola de lado. Siguió. De vez en cuando volvía a sus pechos, esta vez con más fiereza, como queriendo devorarlos.
Cambiaron las posturas, se miraron a los ojos, gritaron. Las caricias se otorgaban sin medida y el susurró muchas cosas en su oído, vomitando fuego en cada palabra, abriendo más y más con ello la puerta de la pasión.
Él acabó pronto. Demasiado pronto, pero no le importó. Le maravilló contemplar su rostro cuando acabó eyaculando dentro de ella. Se contrajo su gesto. Los ojos cerrados, la boca entreabierta. Y aquel escalofrío que le hizo temblar de cabeza a pies mientras ella lo abrazaba con ternura.
Se besaron y él dijo “lo siento”. Ella de pronto lo encontró todo poético. Aquel hotel llamado Paris, la habitación 501, su espalda mojada, su sexo húmedo, el posterior silencio, la respiración por fin tranquila… Adoraba el lenguaje de los cuerpos cuando el mundo apenas entendía de locura. El amor solo tenía un nombre para el resto de la gente. Pero para ellos, el amor tenía segundos de vida, quizá lo que dura un orgasmo y se renovaba en otras situaciones, en otros cuerpos, en otros conceptos muy diferentes a todo lo establecido. A ellos se les acabó el amor justo en el mismo instante en que se durmieron. Ni siquiera se abrazaron para hacerlo. Cada uno en el lado de su cama, dándose la espalda y algún beso ocasional en mitad de la noche. Pero tranquilos, satisfechos, coleccionando en la memoria un recuerdo de cama. La ropa esparcida por el parquet oscuro, el mañana reconstruido, un sol amenazante. Y ellos, amantes de este siglo, se despertaron un domingo cualquiera, todavía risueños, todavía con el deseo palpitando.
Rechazaron el desayuno. E inevitablemente, volvieron a rebuscar restos de amor entre las sábanas.