martes, abril 18, 2006

Ce fini.
Fue un placer...

miércoles, marzo 08, 2006

Día 8 de Marzo de 2006. Día de la Mujer trabajadora.
Mucho que decir.

" El forastero se calló como abrumado de triste­za, pero lo despertó un nuevo silbido de la loco­motora del tren de pasajeros. «No he perdido la fe. Lo digo muy alto. Pero he venido a parar a un lugar en el que nadie comprenderá mi fe», dijo con voz áspera. Dirigió una mirada intensa a la niña y empezó a hablar para ella, sin prestar aten­ción al padre. «Esa mujer vendrá -dijo, y su voz se hizo ahora aguda y ansiosa-. Pero cuando lle­gue ya habré partido yo. ¿Te das cuenta? Las horas de nuestra cita no coinciden. Sería cosa del destino que hubiera dado yo con ella precisa­mente en una tarde como ésta, estando yo des­trozado por el alcohol. y siendo ella tan sólo una niña.» Las espaldas del forastero empezaron a tem­blar violentamente; intentó hacer un cigarrillo, pero se le cavó el papel de sus dedos temblequean­tes. Se puso furioso y gruñó: «Creen que no tiene mérito el ser mujer y hacerse amar, pero yo sé muy bien lo que eso significa -exclamó, y se volvió otra vez hacia la niña. Yo lo comprendo —dijo—. Tal vez soy yo el único hombre que lo comprende.»Su mirada vagó otra vez por la oscuridad de la calle. «La conozco aún sin haberla visto nunca -continuó suavemente-. Conozco sus luchas y sus derrotas. Es precisamente por esas de­rrotas por lo que resulta para mí el único ser amado. Desde ahora las mujeres tendrán otro rasgo distintivo nacido de sus derrotas. He dis­currido un nombre para esa condición. La llamo Uña y Carne. Discurrí este nombre cuando yo era un soñador auténtico y antes que mi cuerpo se envileciese. Es la condición de ser fuerte para ser amada. Es algo que los hombres necesitarían en­contrar en las mujeres, pero que no lo encuen­tran.»El forastero se puso en pie y permaneció frente a Tom Hard. Su cuerpo se balanceaba atrás y adelante y parecía que iba a caerse; pero lo que hizo fue arrodillarse sobre la acera y llevar las manos de la niñita a sus labios de borracho, be­sándolas con éxtasis. «Sé Uña y Carne —le dijo ansiosamente—. Atrévete a ser fuerte y valerosa. Ese es el camino. Arriésgalo todo. Ten valor su­ficiente para atreverte a que te amen. Sé algo más que un hombre o mujer. Sé Uña y Carne. "

Sherwood Anderson Uña y carne (fragmento)



sábado, febrero 25, 2006


Y tú ibas disfrazado de Demencia y yo de Evasión. Tú tenías un rostro de gesto desencajado y unas pupilas abismales que buscaban luz. Carcajeabas. Bebías Whisky y se derramaba por tu mentón. Te tambaleabas cuando venías hacia mí. Hablabas de cosas sin demasiado sentido… pero qué importancia tenía… estabas en tu papel, los locos danzaban en tus sienes, cabalgaban tus apresurados latidos y deformaban tu mirada. Hombre desvirtuado. Poeta desorbitado sin rastro de cordura, sabías que en mí podías cavar hondo.

Yo atusaba mi pelo y alisaba las arrugas de mi disfraz. En un rincón, siempre en un rincón. Lo más alejada posible de la algarabía. Eludía respuestas y callaba para dejarme preñar de ruido. Estratégicamente situada contemplaba tu desastre y el caos que se formaba en torno a ti. Pero no quería ayudarte. Y tú venías y querías besarme el alma, querías abrirme y rebuscar dentro, morder mi compostura, golpear mi insumisión. “Tú eres la Reina del Carnaval, la Reina del Carnaval escondida y arrogante…” me decías. Puto loco. Bufón de corte, entrometido y fisgón.

Y me sacaste a bailar un vals, aunque yo no quería. Pero el mundo dio vueltas sobre nuestras cabezas y me rasgaste el vestido. Olías a whisky y recitabas poemas de Bukowsky entre atronadoras carcajadas.
Y me dijiste eso de que me ibas a desprender del disfraz de Evasión tan horrible que llevaba, me ibas a dejar desnuda en mitad del Carnaval. Ibas a lamer mis mentiras, a devorar mis excusas.
Y sucedió que me dejé desvestir poco a poco. Desnuda por un Demente. Entre luces de neón, charangas y comparsas. Se me cayó la máscara al suelo. Perdí el disfraz.

Y cuando me tuviste desnuda, tú por fin, recuperaste la cordura.


jueves, febrero 09, 2006



El buen humor se mantiene a lo largo de la semana.

Dicen que me río más de la cuenta. Me salgo de mis casillas.
Y como la gente es cuadriculada no lo entiende, no me entiende.



Ahí fuera se pudre el invierno.
En mis manos, primavera.
Nadie lo sabe, pero en mi vientre ya crecieron las flores
hace un par de semanas.

El hombre encuentra paraísos perdidos.
Vírgenes.
Alejados de la destrucción (o civilización).
Que nadie los toque, dejar silbar al viento, arrullar al río.
Sabes que la playa está cerca
Y pronto rescataremos la sal del agua
para clavarla en las pieles pálidas.

Me como al mundo.
Me lo como vivo, sin hervores ni condimentos.
Hay algo maravilloso entre mis sienes.
Hay algo dulce en el paladar.

Luce el sol en lo alto de la ciudad.
Sé que estoy enamorada.

Pero no tengo la certeza de quién.

O de qué.

martes, febrero 07, 2006

Ella tenía la mirada perdida. Se sentía una naufraga a la deriva en aquella cama. Miraba al techo de la habitación 501 del Hotel Paris. Estaba algo amarillo. La manta era pesada y vieja. El parquet del suelo demasiado oscuro.
Llevaba puesta una camiseta interior de nylon con estampado oriental. Bragas a juego. Y el pelo revuelto. Quería desmaquillarse, deshacerse del rimel que pesaba en sus pestañas. Tenía la boca seca. Pero no quería levantarse. Solo quería sentir su cuerpo quieto, muy quieto sobre aquel colchón desgastado.
Él ya se había desnudado. Había dejado la puerta del cuatro de baño abierta y la luz de dentro encendida.
“Apaga la luz de la habitación” le dijo ella. Y él obedeció. Sonó el clic del interruptor y cayó la oscuridad sobre la estancia. “Así, en tinieblas” susurró ella cuando lo tuvo entre sus brazos. Le gustaba ver las cosas en la penumbra, los cuerpos levemente iluminados por la luz que entraba de la calle, buscarse a tientas, adivinarse.
Él no tardó en desnudarla. Ella mientras tarareaba una canción francesa. Y miraba el techo que se había vuelto negro como la noche. A veces devolvía la mirada a la cama y veía los brazos de él tirando de sus bragas, deslizándolas entre sus muslos.
Durante una milésima de segundo, se preguntó qué demonios hacía en aquella habitación desnudándose con un hombre del que apenas sabía nada. Tiempo atrás no hubiera hecho una cosa así, porque tiempo atrás su mente no estaba tan abierta ni su cuerpo tan dispuesto. Pero últimamente no cerraba las puertas a la vida y todo entraba en ella fluidamente. Sin demasiadas preguntas. Sin rastro de prejuicios.
Observó sus pechos desnudos. Él los saboreaba con una pasión desbordante. Mordió, succionó su piel y un latigazo de placer atravesó todo su cuerpo. A partir de ese momento ya no había lugar para la razón o la conciencia. Los pensamientos se marchitaban en su mente poco a poco, se apagaron las luces del asombro y todo surgió de manera natural. Sus piernas abiertas, el peso de su cuerpo, las bocas entreabiertas. Todo era tan diferente… todo era tan espontáneo e instintivo que sus manos se movían solas, los gemidos salían volando de su garganta, el abrazo se hacía grande y generoso como su pudiera caber el mundo en él… Cuando le penetró, cerró los ojos y se dejó mover. Era hermoso, al fin y al cabo era hermoso sentirlo, escuchar su respiración estrellándose contra su cuello, acoplarse a un cuerpo que empezaba a sudar y que embestía con una cadencia suave. Ni siquiera sabía sus apellidos, ni su edad. Pero le bastaba conocer su piel, aquella forma que tenía de mirarla a los ojos cuando no podía contener el deseo. Le eran suficientes sus erecciones en la parte de atrás de un coche, los caminos y los recorridos de su lengua, el calor de su aliento.
Ella solo se sentía un cuerpo… un cuerpo cuyas entrañas se retorcían de placer y tanto era, tanto, que se olvidaba de pensar, se olvidaba del mundo, de su propio nombre, del pasado y de la mañana siguiente.
Vislumbró el contorno de su torso incorporándose, cogiéndola por las caderas, poniéndola de lado. Siguió. De vez en cuando volvía a sus pechos, esta vez con más fiereza, como queriendo devorarlos.
Cambiaron las posturas, se miraron a los ojos, gritaron. Las caricias se otorgaban sin medida y el susurró muchas cosas en su oído, vomitando fuego en cada palabra, abriendo más y más con ello la puerta de la pasión.
Él acabó pronto. Demasiado pronto, pero no le importó. Le maravilló contemplar su rostro cuando acabó eyaculando dentro de ella. Se contrajo su gesto. Los ojos cerrados, la boca entreabierta. Y aquel escalofrío que le hizo temblar de cabeza a pies mientras ella lo abrazaba con ternura.
Se besaron y él dijo “lo siento”. Ella de pronto lo encontró todo poético. Aquel hotel llamado Paris, la habitación 501, su espalda mojada, su sexo húmedo, el posterior silencio, la respiración por fin tranquila… Adoraba el lenguaje de los cuerpos cuando el mundo apenas entendía de locura. El amor solo tenía un nombre para el resto de la gente. Pero para ellos, el amor tenía segundos de vida, quizá lo que dura un orgasmo y se renovaba en otras situaciones, en otros cuerpos, en otros conceptos muy diferentes a todo lo establecido. A ellos se les acabó el amor justo en el mismo instante en que se durmieron. Ni siquiera se abrazaron para hacerlo. Cada uno en el lado de su cama, dándose la espalda y algún beso ocasional en mitad de la noche. Pero tranquilos, satisfechos, coleccionando en la memoria un recuerdo de cama. La ropa esparcida por el parquet oscuro, el mañana reconstruido, un sol amenazante. Y ellos, amantes de este siglo, se despertaron un domingo cualquiera, todavía risueños, todavía con el deseo palpitando.

Rechazaron el desayuno. E inevitablemente, volvieron a rebuscar restos de amor entre las sábanas.

lunes, enero 23, 2006


Y aquella noche yo estaba desgañitándome mientras cantaba, ardiendo entre cerveza y cerveza, aturdiéndome entre miles de personas que alzaban sus manos al cielo. Un coro común, como el rugido de la tierra. Fumando largamente, bebiendo cualquier cosa que apareciera en mi mano. Un abrazo sincero. Cientos de reencuentros y caras afables, miradas en sintonía. Bailando como si fuera la última noche de nuestras vidas.
Y aquella noche se me olvidó dominar la boca, contener el impulso. Así que me lancé a unos labios nuevos. Si. El primer momento me desconcertó. El siguiente fue demasiado dulce, demasiado embriagador como para rehusarlo. Ron. Sabía a Ron, a noche, a juegos clandestinos.
Dos lenguas se encontraron sedientas en un desierto de silencios. Ya no me quedo muda, no.
Solo me dejé querer por tu abrazo, me perdí en el abismo de tu boca.

Y desde esa noche, tengo tus besos apuntándome en la sien.

Estoy esperando el disparo.

martes, enero 17, 2006


Me apasiona esta pintura. Y todavía más si cabe el significado de su historia.
Rubens pintó este cuadro para su amigo y cliente Nicolás Rockox, alcalde de Amberes, el cual lo instaló sobre la chimenea de su salón, ocupando así un lugar honorífico en su colección de pintura. No era para menos.
En el cuadro, Sansón descansa sobre las rodillas de Dalila, extenuado tras un acto de amor entre ambos. El hombre más fuerte de la época aparece medio dormido acariciando el pubis de su amada. La representación de Dalila es ambigua: mientras para algunos es la imagen de la simpatía y el candor, para otros es solo una “profesional”. Su rostro podría estar reflejando indiferencia y frialdad sosteniendo en su regazo al héroe dormido. Lo cierto es que parece mirarlo con hastío.
Cuenta la historia que Dalila le pidió en varias ocasiones a Sansón que le revelara el secreto de su fuerza. Sansón supo engañarla contándole historias inverosímiles, pero finalmente sucumbió a su petición y le acabó contando que en su cabello residía su poder.
Dalila traicionó a su amante contándole a los filisteos como anular su fuerza para ser capturado, todo ello previa recompensa económica. Y en la escena del cuadro Dalila observa a un Sansón indefenso, mientras un barbero corta los bucles del héroe. En la puerta, los filisteos esperan para darle caza.
Esta historia se podría interpretar como una alegación de la debilidad del hombre frente a las artimañas de la mujer. Si bien Sansón era el hombre más fuerte de todos, el más poderoso e invencible, cayó en el error de contar su secreto a una mujer bajo el influjo del amor. Ella utilizó el sexo para apaciguarlo, para dejarlo indefenso y poder así llevar a cabo su traición. Así pues, después de enfrentarse a todo tipo de hombres y bestias y salir ganador de cada batalla, Sansón es vencido por una mujer.

A veces pienso que todos los hombres tienen algo de Sansón y todas las mujeres tenemos algo de Dalila…
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